El 15 de mayo no es solo un día en el calendario; es un momento para mirar con gratitud y reverencia la labor de quienes educan. En 1950, el Papa Pío XII declaró a San Juan Bautista de La Salle Patrono Universal de los Educadores, reconociendo su compromiso con la educación de los más pobres y su visión de la enseñanza como un camino de transformación social. En Colombia, desde 1951, celebramos este día como el Día del Maestro, un reconocimiento a quienes, siguiendo su ejemplo, hacen de la educación una misión de vida.

El Vicerrector Académico Milton Molano nos recuerda.

“Ser maestro es una vocación, es un llamado. Quienes hemos escuchado ese llamado hemos encontrado una respuesta a través de distintas mediaciones o circunstancias; algunos desde niños sintieron ese llamado, tal vez otros lo sintieron a través del ejemplo de sus profesores, del bueno o del malo, querer imitar o no ser como algún profesor. Otros, una gran mayoría, seguramente lo encontraron en la experiencia misma; muchos maestros llegan a la profesión de manera accidental, buscando un trabajo o una oportunidad, y es en esa experiencia trascendente de encontrarse con estudiantes, de dejar huella, de marcar vidas, donde finalmente se responde a ese llamado”.

San Juan Bautista de La Salle escuchó ese llamado con una gran fuerza: “su opción, que fue una opción histórica por los más pobres, por los niños empobrecidos en su ciudad natal, le obligó a hacer una serie de renuncias y de opciones, renuncias a privilegios, a la comodidad de la nobleza de la que provenía, y abrazar un proyecto de vida que colocaba la educación y la justicia social en el centro de su existencia”.

Ser maestro también es recibir un don, un regalo que da sentido y dirección a la vida.

“Es un regalo que permite construir una identidad, que permite sentirse perteneciendo a algo y a alguien, y que exalta la vida misma en función del servicio. Ese regalo se recibe con alegría y compromiso, y nos conecta con los estudiantes, con la comunidad y con la posibilidad de transformar realidades”. Reflexiona Molano.

Este don nos conecta con los estudiantes, con la comunidad, con la posibilidad de transformar realidades. San Juan Bautista de La Salle entendió el valor de este don: su vida fue una continua entrega, y cada aula que fundó, cada niño que educó, reflejaba su convicción de que enseñar es un acto de amor y dignidad. La vocación de La Salle no era solo espiritual; era histórica, concreta, puesta al servicio de quienes más lo necesitaban, y su ejemplo sigue guiando a maestros en todo el mundo.  

La vocación y el don no son suficientes sin el oficio.

"Ese don requiere ser cultivado, requiere ser cuidado… en la formación inicial y permanente, aprendiendo didácticas, metodologías, tecnologías y reflexionando sobre la filosofía de lo educativo. El oficio implica dominar herramientas pedagógicas, conocer los contextos y subjetividades de los estudiantes, y profundizar en la dimensión humana y pedagógica de la educación”. Afirma.  

El oficio implica estudiar, actualizarse, conocer los contextos, las subjetividades y las necesidades de los estudiantes, y profundizar en la dimensión humana y pedagógica de la educación. San Juan Bautista de La Salle comprendió que ser maestro exige más que pasión: requiere constancia, disciplina y compromiso con la transformación de cada estudiante. Su pedagogía no solo transmitía conocimiento; enseñaba ciudadanía, valores y esperanza, construyendo así un legado que trasciende el tiempo.

Su vida reflejada en la intersección de vocación, don y oficio.

La Salle nos enseñó que escuchar el llamado, recibir el don y cultivar el oficio son actos inseparables: uno sin los otros no logra transformar. Cada decisión que tomó, cada renuncia que hizo, cada innovación que impulsó, estuvo orientada a crear una educación que dignificara a los estudiantes y fortaleciera la comunidad. Su ejemplo nos invita a reflexionar sobre nuestra propia vocación, sobre cómo cada maestro puede ser un agente de cambio en su entorno.

Este 15 de mayo, al honrar a San Juan Bautista de La Salle y a todos los educadores, celebramos más que la enseñanza: celebramos la capacidad de escuchar un llamado, recibir un don y cultivar un oficio que deja huella. Celebramos la vocación que transforma vidas, el don que da sentido a nuestra existencia y el oficio que requiere compromiso, disciplina y pasión. Ser maestro es, en esencia, una respuesta histórica, fraternal y profunda a quienes más necesitan de la educación, siguiendo la inspiración de un hombre que hizo de la enseñanza su legado eterno. 

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Ser maestro: vocación, don y oficio
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