Las fuertes lluvias que han golpeado a Córdoba en las últimas semanas vuelven a encender una pregunta de fondo: ¿por qué un fenómeno natural termina convirtiéndose en un desastre?
Para el ingeniero ambiental Carlos Andrés Peña Guzmán, docente del programa de Ingeniería Ambiental y Sanitaria, la respuesta no es simple ni inmediata. “No solamente basta con que llueva mucho para generar el riesgo”, explica. Detrás de cada inundación confluyen factores naturales, territoriales y humanos que, sumados, desbordan la capacidad de respuesta de una cuenca.
Y es precisamente ahí donde aparece un elemento clave: la alteración ecosistémica. No se trata únicamente de analizar cuánta lluvia cayó, sino de entender en qué condiciones se encuentra el territorio, cómo ha sido intervenido y cómo se distribuye la población sobre él. Un ecosistema alterado responde de manera distinta al mismo volumen de precipitación.
Cuando la cuenca pierde su equilibrio
Desde el punto de vista técnico, las lluvias intensas y recurrentes pueden superar la capacidad de absorción del suelo. Cuando esto ocurre, el agua que no logra infiltrarse se convierte en escorrentía superficial y termina acumulándose en zonas bajas.
En el caso del río Sinú, hay una condición natural que no se puede ignorar: se encuentra en una planicie de inundación. Es decir, el territorio está geomorfológicamente dispuesto para que, en momentos de crecientes, el agua se expanda y ocupe áreas cercanas al cauce.
Sin embargo, como advierte el profesor Peña, el problema se agrava cuando la intervención humana altera las capacidades hidráulicas y naturales de la cuenca. El cambio en el uso del suelo, la reducción de áreas de infiltración, la deforestación y la compactación modifican la dinámica del agua. A esto se suma la forma en que se maneja el territorio y cómo se ha distribuido la población en zonas naturalmente expuestas, afectando las condiciones del mismo territorio y aumentando la probabilidad de inundación.
Las cuencas tienen planicies diseñadas por la naturaleza para recibir excedentes hídricos. Cuando esas áreas se ocupan o se transforman, el margen de amortiguación desaparece.
No es solo una amenaza, es un riesgo
En medio de la coyuntura, suele hablarse de “tragedia natural”. Pero desde la ingeniería ambiental el lenguaje es más preciso.
Una amenaza es la probabilidad de que ocurra un fenómeno potencialmente dañino, como una lluvia extrema.
La vulnerabilidad es la susceptibilidad que tienen las comunidades a verse afectadas por ese evento.
El riesgo es la relación entre ambas.
En otras palabras: puede llover intensamente, pero el impacto dependerá de qué tan alterado esté el ecosistema y de qué tan expuesta o frágil sea la población. El desastre aparece cuando la amenaza se encuentra con un territorio intervenido y comunidades asentadas en condiciones de vulnerabilidad.
“Qué tan frágil es la población y en qué zona está ubicada puede incrementar o disminuir el riesgo”, señala el docente.
El peso de la deforestación y el cambio climático
Entre los factores ambientales que aumentan la vulnerabilidad en Córdoba, el profesor destaca tres especialmente sensibles:
Deforestación: la cobertura vegetal actúa como regulador natural del agua. Sin ella, disminuye la infiltración y aumentan los caudales superficiales.
Cambios en el uso del suelo y compactación: prácticas que reducen la capacidad del terreno para absorber agua y favorecen la escorrentía.
Cambio climático: eventos que antes eran menos frecuentes ahora se presentan con mayor intensidad y recurrencia, desafiando los modelos históricos de planificación.
La combinación de alteración ecosistémica, ocupación inadecuada del territorio y variabilidad climática transforma la dinámica hídrica y presiona aún más las zonas ya vulnerables.
Monitorear para prevenir
Ante este panorama, el monitoreo ambiental y los sistemas de alerta temprana se vuelven herramientas estratégicas.
Medir en tiempo real variables como precipitación y niveles de río permite anticipar escenarios críticos. Pero la tecnología por sí sola no es suficiente. La inclusión de las comunidades en procesos de capacitación, seguimiento y vigilancia fortalece la gobernanza del agua y hace más sostenibles las medidas de gestión.
“La tecnología nos permite pronosticar y cuantificar variables que antes no podíamos medir”, explica Peña, quien insiste en que la gestión del riesgo debe ir más allá de la reacción inmediata y apostar por una planificación territorial responsable.
De la tragedia a la gestión territorial
La emergencia en Córdoba no puede reducirse a un episodio aislado de lluvias intensas. Es también un llamado a revisar cómo se habita el territorio, cómo se alteran los ecosistemas y qué decisiones se toman sobre las cuencas.
Porque cuando una amenaza natural se convierte en desastre, casi nunca es solo por la lluvia.
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